Cambia tu físico para cambiar tu vida

Sí, esto es un «Sobre mí» y no se me ocurría un titular más acertado

Más abajo te cuento sobre cómo pasé de estar gordo a estar hoy escribiendo esto, pero quizás antes te interese saber algunas cosas…

Hay varios motivos por los que has llegado a esta página.

Puede que hayas entrado aquí buscando mi currículum, te resumo: soy dietista y entrenador personal. También hago otras cosas, pero esto es todo lo que interesa.

Si buscabas mi ficha completa, me puedes llamar Juanjo, el gilip*llas este o como consideres. Normalmente, la gente me suele llamar por la última opción. Mi madre todavía me llama por mi nombre.

Si buscabas fotos mías para saber si soy lo suficientemente atractivo como para prestarme atención o si tengo las venas del culo marcadas para cuestionar mis conocimientos en base a eso… Te digo que no, no a todo.

Sólo tengo en mi web esta foto. De espaldas, que no quiero asustarte de primeras.

Pero si lo que estás buscando es mi historia, eso sí te lo puedo contar. Quizás eso es todo lo que necesites para saber quién soy, conocerme más y descubrir qué te vas a encontrar en esta página, que es un reflejo de mí.

La historia del adolescente gordo

Coge palomitas proteicas y siéntate.

El típico niño gordito y tímido de la clase en el instituto.

El raro de la primera fila al que no le habla nadie.

El introvertido y marginado que es foco de burlas y comentarios graciosos.

Ese era.

¿Autoestima? ¿Confianza en ti mismo? ¿Qué era eso? No estaba ni siquiera cerca de tener una mínima idea de lo que significaban.

Ropa ancha para no sentirme tan mal, que no se notara mucho que estaba rozando un sobrepeso preocupante y pasar las horas de clase lo más desapercibido posible.

De chicas ya ni hablamos.

Total, ¿quién iba a querer tener una amistad (o intimar) con el niño gordo, feo, con gafas que no decía una palabra?

El pringado de manual. Aunque siempre haya estado en contra de tratar a alguien por cómo luce, para la sociedad es así. No vamos a engañarnos. Al menos, eso es lo que pensaba yo sobre mí mismo.

Si soy sincero, no recuerdo muy bien qué me hizo querer buscar ese cambio necesario para mí. La verdad, no hubo un suceso trágico o muy relevante que me hiciera pensar eso.

Simplemente, pasó.

Lo importante y lo que agradezco a mi “yo” de entonces es que tuvo la iniciativa de hacerlo. Que supo ver que su vida no iba por donde quería y que así nunca podría ser realmente feliz.

Y empezó el cambio.

No por impresionar a nadie, no por hacer amigos, no por ligar algo. Lo hice por sentirme mejor conmigo mismo. Por buscar todo aquello que no sabía ni que se podía tener: autoestima, amor propio, más confianza. Creer en mí y en lo que valía realmente.

Y pensé que la forma en que podría conseguirlo era cambiando mi físico. Y vaya si tenía razón. Otra cosa no, pero inteligente siempre he sido.

Si ese adolescente no hubiera querido ser mejor, buscar su mejor versión física y mental, seguramente estaría, hoy día, obeso, deprimido, moviéndome lo justo para ir de la cama al sofá, atiborrándome a comida, viendo vídeos sobre bodypositive que me dijeran que yo estaba genial con mis 137 kilos y que no hacía falta que cambiara porque yo soy un precioso ser de luz con un cuerpo increíble y que me tenía que aceptar tal y como era.

Para autoconvencerme de que eso no estaba tan mal. Para volverme más víctima, débil y conformista.  

Cambiar mi físico para cambiar mi vida. Eso es lo que yo necesitaba. Y eso es lo que hice.

El surgimiento del flaco fuerte

Yo entonces, antes de hacer ese cambio de chip, antes de pensar en cambiar, había tonteado con el gimnasio, yendo algún mes suelto con amigos, pero siempre acababa dejándolo. Me ponía excusas tan tontas como:

«Tenía que haber renovado el mes del gimnasio ayer, ya es tarde, tendré que ir el mes que viene«.

Cuando perfectamente podría haber ido y pagar al día siguiente. Pero no quería, estaba mucho más cómodo en casa.

Entonces, cerca de los 17 años, empecé a estar más activo y perdí mucho peso. Me quedé flaco. Y después, tampoco sé exactamente qué me hizo empezar a entrenar, qué me impulsó a hacerlo, pero comencé en este mundo tan maravilloso del fitness entrenando en casa con 18 años.

Hacía flexiones 3 o 4 veces por semana, empecé a hacer dominadas sin tener ni siquiera una barra. Me enganchaba a un saliente de piedra que ni se podía agarrar bien, reventándome las manos, pero no me importaba.

Ese era mi camino. Y los cambios empezaron a llegar. Cambios físicos y cambios mentales.

Y también cambios en cómo me trataba la gente.

Es una mi*rda, pero todos a mi alrededor empezaron a tratarme mejor, a querer acercarse a mí. Noté un cambio de actitud de los demás hacia mí, muy diferente a lo que era unos años atrás.

Quizás, con lo que transmitía mi cuerpo de flaco fuerte y mi, escasa, nueva autoestima, hacía que la gente tuviera más interés.

Y eso hizo el efecto “bola de nieve”.

Me apunté al gimnasio con 19 años, después de un año entrenando en casa y estancado. Y fue entonces cuando…

El flaco fuerte pasó a ser sólo fuerte

Y ya no fallé durante todos estos años.

Sí que tuve muchas cagadas, muchas cosas que podría haber hecho mejor y optimizar los resultados, mucho tiempo perdido sin saber realmente entrenar bien.

Porque no basta sólo con ir a entrenar, hay que saber lo que haces. Y por desgracia, esto lo aprendí años después de empezar.

Por esto y por la cantidad de mitos, información falsa, consejos de mi*rda que se sacan de la manga los ciclados de turno para hacer ver que saben y demás, decidí empezar a enseñar todo lo que había aprendido estos años.

Aunque uno nunca deja de aprender, considero que he llegado al punto en el que puedo enseñar y aportar mi conocimiento y experiencia a aquellos que están ahora en el punto donde yo empecé.

O en el camino que yo recorrí.